¿Qué relación se puede establecer entre lenguaje y bienestar? El desarrollo del lenguaje viene en el ser humano, al mismo tiempo que el desarrollo del pensamiento. Desde la filosofía, existe una relación intrínseca y responsiva entre pensamiento y lenguaje, desde sus raíces etimológicas, el pensamiento (Nous) significa “discurso”, y por lo tanto, se connota a la actividad de pensar y la de hablar como acto y como potencia en el sentido de la eficacia del lenguaje. Según Altuve (2010) es un “poder de la mente humana”
Corresponde a las reglas o principios explicativos de lo existente que nos permite conocer e interpretar el mundo, “denominado logos, arkhé, nous, cosmos” . En Heráclito de Éfeso, como logos: “cuenta”, “cuento”, “relato”, (…) “discurso”, “estudio”, “oración” (Aguilera, 2018), refiere, entre otras cosas, a algo que hace acontecer. El lenguaje ha sido significado como el resultado de las acciones conjuntas, cuyos efectos comportan a la realidad como presente histórico, “es el producto de la actividad humana colectiva, y refleja en todos sus elementos tanto la organización económica y sociopolítica de la sociedad que lo ha generado (Bajtín en Sisto, 2015), según Casalla (en Castillo 2020) “todo pensamiento es un discurso situado”, en este sentido, el lenguaje es el lugar simbólico de la historia de cada sujeto, condición de existencia de la identidad y del sentido que le damos a nuestras vidas.
En su poder generativo, el lenguaje se asocia con una disposición del espíritu o como se conoce más comúnmente, con una actitud. El contenido de nuestro pensamiento configura nuestras vivencias, en este sentido, lo que narramos como nuestra historia y nuestro presente tiene un efecto en nuestro interior, tiene una consecuencia psicológica y por lo tanto un efecto en la realidad. Lo que nos contamos, lo que nos decimos a nosotros mismos y a los demás, permea la forma como percibimos la vida, el mundo y nuestras relaciones. Cada palabra, frase e interrogación lleva una emoción que se encarna en la profundidad de nuestro ser y de estar en el mundo construyendo la historia con los (as) otros (as), y ese mundo afectivo intrínseco al lenguaje y al pensamiento es lo que conocemos como la actitud, de este modo nuestra disposición también tiene ese poder creativo, ese potencial histórico de realidad. Desde aquí uno de los motivos por los que la psiquiatría y las neurociencias asocian el bienestar con la actitud de las personas, con su capacidad creativa, con el cómo y el qué la persona piensa (Estapé, 2022, Castellanos, 2022), en esta dirección de pensamiento, se ha relacionado el bienestar psicológico con una disposición de apertura empática hacia el otro y con el ejercicio de la autonomía en el actuar. Llegar a ser autónomos en cierta medida significa hablar la propia lengua, en consecuencia, además de la importancia de entrar al sistema del lenguaje universal como seres sociales a través de los diversos procesos de socialización, conquistar la propia lengua significa conquistar la independencia y de este modo, la bien preciada libertad para transitar con holgura, seguridad y satisfacción en este mundo nuestro, compartido.
El pensamiento y el lenguaje también son procesos que conforman nuestra cognición, son los elementos esenciales de nuestra estructura y por lo tanto de nuestro funcionamiento autónomo como sujetos sociales, en constante movimiento, aprendizaje y acción (Feuerstein). la autonomía implica una operación intelectual que incluye la actuación de específicas habilidades que nos posibilitan superar las inclinaciones egocéntricas y socio céntricas naturales nuestras (Paul & Elder, 2005), condiciones universales del pensamiento y expresión. Desde el punto de vista de la filosofía norteamericana, entre las especificidades del pensamiento autónomo y por lo tanto su expresión, son importantes la claridad, la exactitud, la relevancia y la profundidad (Paul & Elder, 2005). En otras palabras, las relaciones saludables que vamos construyendo deben basarse en una comunicación que tenga estas características, esto es, que aquello que pensamos y o decimos esté organizado de tal manera que nos otorgue claridad a nosotros mismos como a aquellos con quienes interactuamos, que las afirmaciones que emitimos estén sólidamente estructuradas en función de las leyes de la gramática y que utilicemos palabras justas desde el punto de vista del contexto y el tipo de relación, que los elementos que traemos a una conversación sean de relevancia a la hora de explicar un fenómeno y o intentar resolver algún conflicto, y por último, que lo dicho nazca desde la profundidad de nuestro ser, desde el corazón sintiente que palpita de un modo particular con cada emoción cuando luego se calma, y con la mayor consciencia del océano significante.
Todas estas características, según los autores, desarrollan virtudes intelectuales. Y la virtud, recordando al filósofo Aristóteles, es una llave de acceso a la felicidad, aquí en este contexto una condición para el bienestar.
